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Morrissey y la crisis de la masculinidad hegemónica en la cultura rock

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Durante los años ’60, en gran parte del mundo occidental, la expansión de la cultura rock promovió a muchos jóvenes a moldear pautas de comportamiento, valores y conductas opuestas a las que encarnaban los mayores, al tiempo que el mercado, cada vez más segmentado por edad, les apuntaba directamente. El uso de vinchas, de pelos largos, de barbas, de ropas ajustadas y coloridas, feminizadas, se convirtieron en los elementos más destacados de una estética rebelde que contestaba la masculinidad hegemónica, aquello que un “hombre de bien” debía ser.
Sin embargo, siempre hubo lugares marginales para las mujeres dentro de la cultura rock. Se ha tratado, generalmente, de un espacio homo-social y, en buena parte, misógino. La gran mayoría de las mujeres sólo tenían acceso a la escucha de música rock y, en el mejor de los casos, podían insertarse más profundamente como gruppies.
Con el surgimiento de géneros más “duros” como el heavy metal y el hard rock, aquella cuestión quedó aún más evidente, tomando un tono marcadamente conservador: el reforzamiento de la imagen del rockstar se debía tanto al excesivo consumo de drogas y alcohol (aun cuando llevó a muchos de ellos a la muerte), como a la destrucción de hoteles e instrumentos como pasatiempos, y al “uso” de mujeres como objetos para la mera satisfacción sexual.
En la actualidad, el movimiento feminista logró ocupar un lugar primordial en la vida pública del mundo occidental, problematizando cada una de las instituciones sociales -hasta ahora- incuestionables en términos de género y poder. En este nuevo contexto, la masculinidad tradicional dentro de la cultura rock, representada por el estereotipo del rockstar se vio seriamente socavada por los nuevos jóvenes fans.
Muchas de las nuevas bandas y sus seguidores han abandonado esos moldes caducos, reinventando la cultura rock a partir de la introducción de nuevos sonidos como la electrónica, la adopción de compromisos políticos por fuera de los intereses del mercado, y la creación de una masculinidad alternativa que admita el respeto y la apertura hacia la diversidad sexual.

Es cierto que Morrissey jamás encajó del todo con ese estereotipo clásico del rockstar. La estética de sus letras, sus performances en vivo y sus convicciones políticas -como el veganismo y el rechazo a la monarquía- le han valido muchas críticas. Ese hombre confundido, atormentado, de dudosa sexualidad, no se correspondía con la virilidad que todo rockstar debía presumir. Sin embargo, en él anidó buena parte del espíritu rebelde de los sesentas; una balsa de talento y originalidad en el mar de chatarras y placebos discográficos.
En su Autobiography (2013), Morrissey destaca -entre acusaciones de diverso calibre y recuerdos de la infancia- una serie de elementos que bien podrían describir esos esbozos de una nueva masculinidad en gestación hacia adentro de la cultura rock como una caja de resonancia de lo que ocurre en la sociedad. El libro no solamente busca reconstruir sus memorias y desenfundar un aspecto más íntimo de su vida, sino que, a través de ellas, existe cierta voluntad performativa, un intento por establecer algunas “máximas” que todo joven rockero hoy no debiera desatender.
En primer lugar, su militancia vegana se opone con fuerza a la imagen del macho carnívoro, al tiempo que da cuenta de su sensibilidad frente a las crueldades de la humanidad. Una consciencia que, si bien puede no ser enteramente compartida, en ningún caso ha perdido coherencia a lo largo de los años. En el mismo sentido, el desprecio por el culto a las modas y la imagen le han permitido constituirse como uno de los refugios de la autenticidad e irreverencia propios de una cultura rock que ha sido largamente mancillada por los efectos del mercado.

Esa autenticidad también puede vislumbrarse en su rechazo al sexo como un acto gimnástico. La prédica de Morrissey por el amor real, en un mundo devastado por el odio y los intereses egoístas, pone de manifiesto que la cultura rock no puede dejar de levantar las banderas de los sesentas, aquellas que cortaron las ataduras de la moral y la ética burguesas, que invitaban a respetar y promover la diversidad, que proponían detener el fuego de las armas con las flores de la primavera eterna.

“Burn down the disco, hang the blessed DJ” canta Moz en “Panic”. Un ataque explícito a las discotecas, las cuales, sostiene, “son refugios para deficientes mentales, hechos por gente imbécil para gente imbécil”.
Se trata, pues, de una masculinidad subalterna, que desprecia la política formal. Haber crecido en el seno de una familia de clase trabajadora en la Gran Bretaña posindustrial de los ’70, y transitar la juventud en los ’80, en un contexto signado por las políticas de austeridad impulsadas por Margaret Thatcher, destacan la importancia del origen social en la poética de Morrissey y, por otro lado, la vigencia de este elemento de clase dentro de la identidad rockera.
Su compromiso siempre ha sido con el arte exclusivamente, aun cuando ello lo haya llevado a estrellarse contra las opiniones prefabricadas en los medios de comunicación masiva. Esta es la primera de una serie de entregas dedicadas a analizar algunas aristas de la influencia determinante que Morrissey imprimió a la cultura rock, y que intentará, de alguna forma, morigerar las ansiedades de cara al 7 de diciembre cuando se presente nuevamente en nuestro país, en el DirecTV Arena.

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