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#ArchivosULTRABRIT THE STONE ROSES: LA NOCHE DE LA RESURRECCIÓN

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Rescatamos de nuestra bitácora editorial este contenido de excepción. Hace cuatro años, nuestro buen amigo Gustavo Bove presenció la vuelta a los escenarios de una de sus bandas preferidas, y describió la experiencia religiosa en exclusiva para Ultrabrit. A disfrutar! 

The Stone Roses en el Etihad Stadium de Manchester (15 de junio del 2016)

Cuando un artista adquiere estatus de fenómeno, no alcanza con centrar el análisis en la parte musical, hay que ir más allá, poner la lupa sobre cuestiones que tienen que ver con la coyuntura social y hasta la geografía donde se gestó dicho suceso. Y si hablamos de contexto, todo el mundo sabe que Manchester se potencia en su dualidad. La ciudad que fuera cuna de los inventos más importantes de la era moderna (el ferrocarril y la computadora, por citar algunos) y madre de la Revolución industrial, presenta su contracara en una población que late en las arenas del fútbol, sobre la sangre derramada en las riñas callejeras, y en los pubs irlandeses bañados de cerveza. De hecho, parte de la composición de su nombre significa “pueblo” en el inglés antiguo. Hasta etimológicamente, Manchester muestra los dientes.

Habiendo repasado todo esto, quizá uno encuentre la explicación del porqué The Stone Roses se convirtió en el prodigio más representativo de esa zona del norte de Inglaterra. Así, el grupo conjuga rasgos de música exquisita y detalles sonoros delicados con letras brutalmente honestas, altaneras y arengadoras, además de una actitud norteña o “Monkey” que roza los bordes de la caricatura. De esta manera, su prosa tiene códigos tan localistas que les impidió proyectar la real dimensión de su éxito más allá de las fronteras de su país natal. Si bien son popularmente conocidos en todo el planeta, para palpar realmente lo que generan los Roses hay que verlos en su tierra, entre los suyos, de local. Sólo un dato alcanza para avalar lo expresado: 250.000 personas los disfrutaron entre los cuatro conciertos que ofrecieron en el Etihad Stadium. Cifra imposible de trasladar a otro rincón del mundo, ni siquiera en el marco de un festival europeo, por lo menos para ellos.

La previa de los mencionados shows se había coloreado de afiches blancos con la rodaja de un limón como único elemento referencial. Minimalismo extremo. No hacía falta más. Todo el mundo sabía que los Stone Roses volvían a las andadas pero, a diferencia de su reunión del 2012, esta vez llegaban armados con nuevo material. A 22 años de la edición de su injustamente ninguneado álbum, Second Coming, Ian, Mani, John y Reni se encerraban en un estudio y escupían dos sencillos: el sucio y desprolijo “All For One”, que fuera sucedido por el característico sonido baggy del excelente “Beautiful Thing”.

Con todos estos elementos, la antesala al debut en la cancha del Man City se vivió con la efervescencia de un partido de futbol. Desde temprano, Manchester observó cómo sus veredas eran copadas por miles de transeúntes que tenían algún detalle que delataba su fanatismo por The Stone Roses, ya sea una remera, un pin, una campera, un sombrero (el gorro a la Piluso – Mad Cap como le llaman ellos – fue la estrella de los outfits), una bufanda o bandera. Multicolores e informales, todos eran parte del mismo ejercito rockero. Fred Perry y Pretty Green (la línea de ropa de Liam Gallagher) terminaban de delinear el escudo. Y para completar la escenografía, la estación principal de trenes, Manchester Piccadilly, se transformaba en la puerta de entrada para otros miles de fanáticos que llegaban de los confines del Reino Unido, ya sea Gales, Escocia o Irlanda. Mientras se acercaba la hora del comienzo de una “nueva resurrección” (este era el latiguillo que ganó la calle en los días anteriores), los alrededores del Etihad se ilustraban con vendedores ambulantes de cervezas o remeras, más algún músico callejero que salvaba la semana cantando canciones de los Roses con una guitarra y a la gorra. Ya dentro del monumental predio, un Public Enemy con su elenco completo arengaba a puño levantado… Si en New York el hip hop es la CNN de los negros, en Manchester fue la BBC. En definitiva, Chuck D y su crew hicieron saltar a una multitud de ingleses blancos con consignas raciales de americanos negros. La razón y la diversión no van precisamente de la mano.

Pasado el aluvión de black power, a las 21hs y con una puntualidad inglesa irrevocable, The Stone Roses cumplió la profecía y pisó el inmenso escenario del Etihad Stadium. Entre litros de cerveza que volaban por los aires y el calor de algunas bengalas, los héroes del sonido Madchester abrieron la velada con “I Wanna Be Adored”, una declaración de principios y un golpe al corazón de los más de 60.000 espectadores. “No necesito vender mi alma / Él ya está dentro de mí / Quiero ser adorado / Quiero ser adorado”, cantaba un poseído Ian Brown, y la masa respondía al pedido. Tras cartel, como si no tuviera tiempo para entremeses, el cuarteto se despachaba con “Elephant Stone”, y los presentes ya nos dimos cuenta de que no sería una noche más. Enseguida, “Sally Cinnamon” tenía su revancha por haber quedado fuera del laureado primer álbum de la banda, y delataba la influencia que había tenido SR sobre la pluma de Noel Gallagher, entre otros compositores de las generaciones siguientes. En la misma línea reivindicativa sonó “Mersey Paradise” (cara B del single “She Bangs the Drums”) a toda potencia melódica, con la guitarra de John Squire tirando del hilo rítmico, y la banda terminando de ajustar tuercas. Para la quinta canción, la hermosa “(Song for My) Sugar Spun Sister”, la escenografía lumínica se desplegaba en toda su magnitud. Flanqueada por murallas de leds por doquier, la gran novedad de la puesta fueron las cuatro pantallas que colgaban del techo del escenario, cada una destinada a un miembro de la banda. O sea: más allá de las vistas gigantes laterales, si tu Stone Roses favorito era Mani, podías seguir sus movimientos constantemente, sin que un director te obligue a ver ampliado lo que su ojo dicta. A pesar de ello y como siempre sucede en estos casos, la imagen de Ian Brown era magnetismo puro. Luciendo una remera blanca con un anagrama (Own Brain) de su nombre, el cantante fue el maestro de ceremonias perfecto y, para refutar su historia, cantó mucho más afinado que de costumbre. En el camino, la dulzura de “Bye Bye Badman”, “Where Angels Plays” y “Shoot You Down” sedaron el baile pero dejaron gargantas al rojo vivo. “No puedes dar marcha atrás / Es demasiado tarde / No puedo esperar / Ahora ha llegado el momento”, entonaba la multitud a coro con Brown. El recibimiento a la marcha frenética de “Begging You” (destreza animal de Reni sacudiendo su batería) tuvo idéntica reacción, y con la magnífica “Waterfall” el Etihad se erigía en un karaoke tan gigante que puso la “piel de gallina”.

Habiendo transcurrido la mitad del concierto, no hacía falta tener un amplio conocimiento del historial de la banda para darse cuenta de que los Stone Roses estaban en su mejor momento. Al igual que sucedió con Soda Stereo en el plano local durante la gira “Me Veras Volver” del 2007, el combo mancuniano expresaba su mejor forma. Ello se traducía al humor que reinaba desde arriba de las tablas para abajo. El playlist seguía su recorrido con “Don’t Stop” y, clavado frente a su equipo de bajo, Mani bromeaba con Brown acerca de algo que había visto entre la muchedumbre delantera. Donde antes había riñas, celos y egos, hoy hay paz, camaradería y sonrisas. Así, el pastoral “Elizabeth My Dear” y el sarcástico “Fools Gold” le dieron paso al tema emblema de esta segunda etapa de Stone Roses: “All For One”. A la usanza de D’Artagnan y los Tres Mosqueteros, Brown canturreaba “Todos para uno, y uno para todos”, desde la introducción de una oda que los acerca a la crudeza desbocada de los primeros Oasis. De allí en adelante, el show no tuvo respiro. “Love Spreads”, “Made Of Stone” y “She Bangs the Drums” conformaron un bloque explosivo, de pura cepa Madchester. Poco complacientes y caprichosos, antes del final, los Roses invitaron a la psicodélia con una versión extendida de “Breaking Into Heaven”, donde se lucieron todos los efectos de la guitarra de John Squire, quien con su nuevo look californiano de los sesenta (barba tupida incluida) acaparó aplausos y regaló un lapso musical de alto vuelo. Ahora sí, Brown volvió a calzarse su campera Monkey negra y empezó a señalar a cada rincón del estadio, repitiendo “Vos sos el número uno”. Una leve llovizna humedeció la interpretación de, obviamente, “This Is The One”, y el cierre épico llegó con la tormenta perfecta que acompañó a “I Am The Resurrection”. Empapados y extasiados, con sus puños en alto y celulares encendidos, la multitud entonaba eso de “Soy la resurrección y soy la luz / Nunca podría odiarte tanto como me gustaría”. Final. “Fucking Manchester” fue el grito de agradecimiento de Brown para sus fanáticos. Entonces, The Stone Roses abandonó el escenario, dejándonos sin bises pero con el sonido grabado de su flamante “Beautiful Thing”, que fue acompañado por un despliegue de fuegos artificiales y un temporal de lluvia y viento de dimensiones bíblicas. En síntesis, una resurrección con todos sus ingredientes.

Inolvidable.

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