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Edimburgo de terror

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La capital de Escocia se nos presenta como el destino turístico más tenebroso del Reino Unido. Y es que las vidas (y muertes) de sus habitantes se fueron transmitiendo por la historia oral hasta formar parte de la cultura popular. Nos sumergimos en los pintorescos bares que sostienen las leyendas más oscuras. 
¿Quién dijo que no era posible viajar en el tiempo? Hay al menos un sitio en el mundo que parece haber burlado el paso de los años, y para llegar hasta ahí, solo hay que cruzar un puente. Con cada paso dejamos atrás la parte nueva de Edimburgo -cosmopolita, con edificios modernos- y entramos de lleno a la antigua, el Old Town. Todo lo que nos rodea son grises casas de piedra, altas construcciones medievales y de arquitectura georgiana y victoriana. Al recorrer la Royal Mile, que es la extensa calle empedrada que comunica el Castillo de Edimburgo con el Palacio de Holyrood, encontramos una cantidad de callejones muy angostos denominados “close”. Lo curioso es que uno nunca sabe dónde va a aparecer cuando se mete por estos oscuros recovecos con desniveles. Pueden llegar hasta la próxima calle, al interior de una manzana, e incluso debajo de la ciudad, como el fascinante callejón Mary King’s Close. Éste es parte de un barrio laberíntico, hoy subterráneo, que quedó sepultado desde la devastadora peste del siglo XVII y que permanece casi intacto. Acercarse de noche puede resultar aterrador. Cualquier sombra o sonido nos transporta dentro de una película de terror en la que en cualquier momento puede aparecer Sweeney Todd o Jack el Destripador. Pero Edimburgo tiene sus propias leyendas verídicas que fueron sobreviviendo de boca en boca y que hoy nos cuentan en libros, películas o en tours, parados en el mismísimo lugar de los hechos.
Burke y Hare
William Burke y William Hare eran dos inmigrantes irlandeses en Escocia que se las rebuscaban como vendedores ambulantes y obreros en el Canal de la Unión. La esposa de Hare, Margaret Laird, tenía un albergue en la calle West Port que había heredado de su primer marido. El 29 de noviembre de 1827, Margaret se encontró con que el viejo Donald, un pensionado del ejército que le debía tres libras de alquiler, había muerto en uno de los cuartos. ¿Cómo cobraría su deuda ahora? Desesperados, Hare y su amigo Burke decidieron entregar el cuerpo a un investigador en Anatomía que les dio siete libras a cambio, el doctor Knox. Poco tiempo después, otro inquilino enfermo agonizaba lentamente y su fiebre echaba a los residentes del albergue, pero sin embargo no moría. Algo había que hacer. Burke y Hare lo asfixiaron con una almohada y esa misma noche recibieron diez libras por el cadáver. Tuvieron suerte: hasta entonces, los cuerpos habían llegado a ellos.
El doctor Knox y sus aprendices ansiaban más cadáveres para la mesa de disección y desenterrar a los muertos no era una opción. Así fue como Burke y Hare se convirtieron en asesinos seriales en los oscuros callejones de Edimburgo Tanner’s Close y Gibb’s Close. Emborrachaban a sus víctimas, las mataban y las convertían en billetes, era un negocio. No importaba si entre éstas había una viejita con su nieto, un joven retardado, una prima lejana o una prostituta. El número de víctimas es imposible de asegurar. La racha se les acabó un año después, el día en que una pareja de huéspedes descubrió un cadáver en una habitación del albergue. Margaret intentó sobornarlos, pero éstos llamaron a la policía y pronto Burke, Hare y sus esposas fueron arrestados. Hare escapó hacia Inglaterra, donde murió preso, mientras que Burke fue colgado en 1829 ante veinte mil personas. Paradójicamente, el asesino terminó siendo disecado por los estudiantes de medicina.
La horca era un espectáculo popular por aquellos tiempos. El patíbulo principal estaba ubicado muy cerca del albergue de West Port, en una pobre área conocida como el Grassmarket. La zona está hundida muy por debajo del nivel del suelo, en una especie de cuenca cerca del Castillo de Edimburgo. Su nombre viene de la histórica plaza de mercado donde los granjeros vendían hierba y forraje para alimentar al ganado. Actualmente es un paseo muy pintoresco de bares tradicionales. Uno de ellos, The Last Drop (74-78 Grassmarket), se encuentra justo enfrente de donde se realizó la última ejecución pública. Cuentan que el verdugo llevó al hombre condenado a esta taberna para que tomara su último trago antes de colgarlo. También dicen que en el sótano habita el fantasma de una nena con ropa medieval. El pub es un sitio oscuro, con cálidos farolitos, techos bajos y ladrillo a la vista, decorado con billetes y ¡sogas! Es imperdible hacer una parada aquí para probar los típicos haggis, neeps & tatties (embutidos de carne con puré de nabos y papas) y tomar el Cocktail del Ejecutor, una mezcla de sidra fuerte con cerveza colorada.
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Maggie Dickson
A solo unos pasos, hay otro lugar con una célebre historia real y es el pub que se levantó en memoria de Margaret Dickson (92 Grassmarket). Debemos viajar ahora un siglo más atrás, hacia el año 1723. Maggie era una vendedora ambulante de pescado que fue abandonada por su marido justo después de que naciera su segundo hijo. Angustiada, partió rumbo al sur de Escocia para quedarse acompañada en casa de unos parientes, pero nunca llegó. Paró por la noche en el pueblo de Kelso, y como no tenía dinero, le ofreció a la dueña del hostal quedarse un tiempo trabajando ahí a cambio de su estadía. La señora accedió sin imaginar que Maggie se enamoraría de su hijo y que rápidamente quedaría embarazada. Esto era terrible porque formalmente la joven seguía casada y no tuvo mejor idea que esconder su panza para que nadie se enterara. El bebé nació prematuro y no sobrevivió. Maggie decidió arrojarlo por el río Tweed, pero a último momento desesperó y lo dejó a unos metros de la orilla. Ese mismo día el cuerpo fue encontrado por un pescador. Como Kelso era el típico “pueblo chico, infierno grande”, todos apuntaron a Maggie. Luego de arrestarla, la mandaron de vuelta a Edimburgo para el juicio, donde fue encontrada culpable y sentenciada a muerte en la horca. Miles de personas asistieron a su ejecución el 2 de septiembre de 1724 en el Grassmarket. Maggie fue ahorcada y un médico pronunció la muerte. Sin embargo, en el camino al cementerio de Musselburgh, el cortejo fúnebre decidió parar en una taberna. Al cabo de dos horas, escucharon quejidos desde el ataúd: Maggie estaba viva.
De vuelta en Edimburgo, la joven recuperó su salud en un par de semanas, pero había un problema. ¿Debía ser colgada nuevamente? La Iglesia, la Universidad y el Estado debatían sobre su futuro ya que no había precedentes. Finalmente, se decidió que esto debía ser un acto divino y nadie se animaba a desafiar “la obra del señor”. Así, Margaret Dickson fue liberada y se hizo conocida por todo el pueblo como “Maggie, la semi-colgada”. Vivió cuarenta años más en la casa que hoy es un bar, decorado de forma macabra con calaveras, esqueletos, murciélagos y telarañas. La casa suele tener música en vivo y desafía a los turistas a probar sus siete tragos inspirados en los pecados capitales, así como el tradicional desayuno escocés que incluye panceta, huevos, salchichas, tostadas, tomate, budín negro, hongos y porotos. Para bajar todo eso, nada mejor que seguir caminando, que aún no termina el pub-crawl.
Deacon Brodie
La taberna de Deacon Brodie (435 Lawnmarket) tal vez sea la más famosa de toda la Royal Mile de Edimburgo. Fue inaugurada en 1806 en honor a William Brodie, uno de los ciudadanos más respetados durante el día y uno de los ladrones más arriesgados por la noche. Su doble vida sirvió de inspiración al escritor escocés Robert Louis Stevenson para la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886). William Brodie nació en 1741 en una familia de once hermanos que vivían en una casa muy cerca de esta taberna. Esa casa, con su taller debajo, estaba ubicada en el callejón Brodie´s Close, nombrado así porque su padre era un importante ebanista. Actualmente funciona como The Deacon’s House Café. Además de haber sido elegido Diácono y Consejero Municipal, William Brodie había heredado mucho dinero, propiedades y el negocio de su padre. Digamos que podría haber vivido muy cómodamente, pero no fue así: Deacon Brodie era ludópata. Su fortuna desapareció pronto en sus apuestas de peleas de gallos, juegos de cartas y dados. Era un vicio que le generaba adrenalina y un escape a sus cargas financieras y responsabilidades, ya que también administraba tres pensiones. Además, tenía que mantener a cinco hijos: dos de su familia legítima, uno de su primera amante y dos de la segunda. Con las amistades que hizo por las noches, formó una pandilla de cuatro ladrones. Sus conocimientos de cerrajería le permitieron hacer copias de las llaves de sus clientes más fieles, para quienes resultaba la persona menos sospechosa. Entre sus mayores atracos figuran un banco y la oficina de impuestos, que iba a ser su última aventura ya que fue la noche en que los descubrieron. Uno de sus socios lo delató y enseguida se pidieron doscientas libras por su cabeza. Pero Brodie ya se había fugado. Si bien cambió su nombre, un par de cartas que escribió le costaron su captura en Amsterdam. Ya en Edimburgo, lo sentenciaron a la horca. Ni lento ni perezoso, Brodie se las arregló para sobornar al verdugo, ya que si no dislocaba la vértebra del cuello, había una forma de recuperarse. Luego de tres intentos, su plan no funcionó. Brodie fue ahorcado el 1 de octubre de 1788 en el Lawnmarket a la vista de toda la ciudad, en los nuevos patíbulos  que irónicamente, él había diseñado.
Este marketing del terror ofrece todo tipo de tours por cementerios, calabozos y catacumbas. El acento escocés de los guías no es apto para quienes hablen un inglés muy básico, pero también hay recorridos hablados en español. De hecho, impresiona la cantidad de voces españolas que se oyen por la ciudad, caminando sus calles de piedra, deteniéndose a escuchar la música de un gaitero o a comprar una bufanda de lana. Y más vale abrigarse porque Escocia es fría, de cielo gris y lluvia constante. Al perdernos por sus angostos pasadizos, que parecen túneles de subte que nos dejan un nivel por debajo de la ciudad, sentiremos la humedad y olor a mueble viejo, libro viejo o cualquier objeto viejo. Pero también, el encanto de haber viajado en el tiempo, y de haber descubierto que en el norte del Reino Unido hay mucho más que whisky y borrachos vestidos con kilts.
(Texto publicado en la revista Ultrabrit #3)
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