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Una reflexión sobre las expresiones políticas juveniles a 13 años del lanzamiento de “The U.S. vs. John Lennon”

¿Qué lugar ocupa en la sociedad el grito de una generación que pide tener un futuro digno?

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El 29 de septiembre de 2006 salía a la luz el documental “The U.S. vs. John Lennon”, presentado en la 63º Exhibición Internacional de arte Cinematográfico de Venecia bajo la dirección de David Leaf que revela, a grandes rasgos, los sucesos ocurridos durante la estadía del ex Beatle en Nueva York en la década del ’70, donde fue perseguido y acosado por la CIA y el gobierno estadounidense conducido por Richard Nixon. En el marco de la Guerra Fría -que enfrentó a los EE. UU. con la Unión Soviética en una contienda diplomática, ideológica, política y económica a nivel mundial- la Casa Blanca veía en Lennon una seria amenaza debido a su poder de convocatoria y su popularidad. La transición que trasladó la figura de John de ícono de la música popular a activista político le costó su propia vida.

Aquella coyuntura particular, en la cual otros líderes y activistas tampoco se alinearon con las posturas más rígidas respecto de la lucha contrainsurgente, se resolvió de la manera más cruenta a través de asesinatos políticos que alcanzaron hasta al propio presidente John F. Kennedy. ¿Qué hubo más allá del eslogan que clamaba por la paz y el amor? ¿Qué lugar ocuparon en los medios de comunicación los jóvenes hippies y pacifistas en EE. UU. y Europa? Extensa es la bibliografía al respecto, y va desde consideraciones despectivas y marginales acerca del compromiso político de estos jóvenes, hasta su exaltación como una generación que estuvo llamada a concretar una revolución que allanaría el camino hacia un mundo mejor y más justo.
En los países del denominado Tercer Mundo, el protagonismo político juvenil tomó la forma de movimientos antiimperialistas que articularon reivindicaciones de transformación social y de liberación nacional. En muchos casos, obreros y estudiantes tomaron las armas justificando que era la única vía posible para alcanzar el poder ante la obturación de los canales democráticos como consecuencia de las dictaduras imperantes. Las circunstancias son bien diferentes en la actualidad: movimientos cada vez más convocantes como la militancia feminista y ambientalista atraen crecientemente a jóvenes a asumir compromisos políticos renovados. ¿Es posible, sin embargo, trazar alguna línea de continuidad entre ambos momentos? En principio, podríamos comenzar por señalar los prejuicios que flotan en la sociedad sobre las minorías políticas; una sociedad que continúa apoyándose en mandatos adultos y patriarcales.

La denominada Generación Z, también conocida como generación posmilénica​ o centennial​, es la cohorte demográfica nacida entre fines de la década de 1990 y mediados de la década del 2000​. El rasgo excluyente de esta generación es su vinculación con internet y la tecnología digital desde la niñez. En ese sentido, los centennials, que alcanzaron una edad de politización esbozaron, lógicamente, sus propias estrategias y formas de militancia en orden con sus propias inquietudes y reivindicaciones: la posibilidad de transitar su adultez en un mundo que no haya sido corroído por el capitalismo hasta la destrucción. En agosto de 2018, Greta Thunberg, una niña sueca de quince años entonces, se tomó un tiempo fuera de la escuela para manifestarse en las puertas del parlamento sosteniendo un cartel que pedía una acción climática más fuerte.

Rápidamente, otros jóvenes estudiantes secundarios se sumaron espontáneamente a protestas similares en sus propias comunidades. Juntos organizaron un movimiento de huelga climática escolar con el nombre de Fridays for Future. Después de que Thunberg se dirigió a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2018, se realizaron huelgas estudiantiles cada semana en algún lugar del mundo. En 2019, hubo al menos dos protestas coordinadas en varias ciudades que involucraron a más de un millón de alumnos cada una. La potencia de las redes sociales lubricó lazos de solidaridad a nivel global, haciendo del movimiento una expresión genuina en ascenso.

Pero, nuevamente, ¿qué lugar ocupa este reclamo en la sociedad? ¿Se trata del grito de una generación de jóvenes contra los adultos que están hipotecando su futuro a costa de maximizar los beneficios? ¿Es una trampa conspirativa orquestada por las corporaciones más poderosas del mundo que utilizan la inocencia juvenil para consolidar sus intereses a nivel mundial? ¿Acaso era necesario que una niña blanca nacida en un país desarrollado nos “abriera los ojos” cuando los pueblos originarios vienen sosteniendo esa lucha desde hace muchos años atrás, como sostienen los empedernidos y avivados detractores de Instagram? Que el árbol de la soberbia no nos tape el (cada vez más consumido) bosque.
El desprecio de los adultos por las reivindicaciones juveniles es, evidentemente, una característica que se mantiene constante en las sociedades occidentales. Las simpatías que despierta, generalmente, están teñidas de una condescendencia que roza el desdén. Así como John y los activistas que lo acompañaron fueron cuestionados por su condición de clase y su exposición como ícono de la cultura popular, hoy Greta y los jóvenes que se le sumaron son atacados por la supuesta inocencia juvenil que portan, la falta de profundidad teórica y de experiencia política. Nadie puede ver el entramado detrás de las consignas, nadie puede legítimamente protestar sin haber cruzado antes la línea de la adultez.
¿Puede Greta ser John? Nadie puede saberlo. Como tampoco nadie puede saber qué será de ella cuando cruce esa línea, del mismo modo que nadie sabrá jamás qué hubiera sido de John si continuara con vida. De hecho, es absolutamente irrelevante a los fines de esta reflexión. Greta es cuestionada por ser blanca y joven, por tener Asperger y vivir en un país desarrollado de Europa, por estar supuestamente financiada por los poderosos y ser su títere. Podríamos tomar ese molde y aplicarlo a John o cualquier otro activista juvenil y el resultado sería similar. Quizás sea el momento de que los adultos (la sociedad y los líderes políticos) abandonen las fábulas conspirativas funcionales al desprestigio de las reivindicaciones de los jóvenes para evitar cometer el mismo error que hace cincuenta años. Un momento apremiante, ya no por la amenaza nuclear, sino por las contundentes consecuencias del calentamiento global y los desastres naturales.