Antes de la explosión de las redes sociales, del streaming y de la posibilidad de acceder en segundos a una oferta musical infinita, Robbie Williams supo plantar bandera en el universo del pop con una presencia inigualable. El virtuosismo de su voz y su personalidad arrolladora lograron que, luego de abandonar Take That, comenzara a edificarse una carrera solista que no conocería de límites. Tracklists efervescentes de principio a fin y videos que marcarían una época fueron los ingredientes de una fórmula que lo hizo batir el récord de presentarse ante 375.000 personas en el mítico Knebworth Park en agosto de 2003. El furor desatado a nivel global ofició de antesala para los conciertos que brindó el 14 y 15 de octubre de 2006 en el Estadio River Plate y que marcarían el inicio de una historia de amor eterna con Argentina.
Ahora, veinte años después, Robbie volvió a pisar suelo nacional. El mundo es otro, la industria de la música ha cambiado a pasos agigantados, pero “el chico malo del pop” mantiene su esencia intacta. Let Me Entertain You es el tema que eligió para inaugurar las noches en el Movistar Arena y traducir en lenguaje musical una propuesta que su fandom jamás rechazaría. Sus cincuenta y dos años lo encuentran más joven que nunca: libre de excesos -sobre lo que él mismo bromea- casado y con cuatro hijos de la misma mujer, situación sobre la que bromea aún más.
Williams alternó un setlist plagado de hits con extensos diálogos con el público demostrando, así, sus innegables condiciones de showman. Rock DJ tuvo una llamativa paradoja: su gente pudo disfrutar de una versión más chill -inspirada en la incluida en su biopic Better Man, película en la que está caracterizado como un mono- y deleitarse con su ídolo bailando envuelto en un tapado de piel roja en lugar de observarlo despellejarse desde un televisor de tubo. Moviéndose permanentemente entre el escenario y la pasarela, sus cuerdas vocales recorrieron clásicos como Strong, Supreme, Better Man, Come Undone y Feel. La sensibilidad que tienen como común denominador se linkea con la actualidad inmejorable que, según confesó, está viviendo y que se ve reflejada Love My Life. Este último single, fechado en 2016, se robó un momento especial de los shows, ya que la interpretación fue acompañada por imágenes del tesoro más preciado de Robbie: su familia.
La superestrella eligió exorcizar sus demonios vinculados a la boy band que lo vio nacer al ritmo de dos canciones pedidas por sus seguidores en la puerta del Hotel Faena, el que fue su domicilio porteño estos días. A Karma Killer-canción dedicada al manager- y Relight My Fire, sencillo que cantaba su compañero Gary Barlow, sobre cuya relación polémica no faltó el comentario humorístico- sumó la visceral No Regrets. Pero, fiel a su palabra, Robbie tiñó de energía festiva el recinto de Villa Crespo invitando a sacudir el cuerpo con Millenium y Kids. Uno de lo momentos más jocosos se dio cuando el artista retó al líder de The Lottery Winners, banda soporte que cautivó a la audiencia, a competir por su popularidad en un juego en el que tocaron partes de Tripping, Angels, Sexed Up, Candy y Rudebox y en el cual el estadio participó identificando los temas. El repertorio, además, tuvo una parada obligada en Britpop, su decimotercer álbum de estudio editado el pasado 16 de enero. Rocket y Pretty Face fueron los cortes que anclaron las veladas en el presente y revalidaron su eterno título de popstar.
Los momentos más emotivos de los conciertos estuvieron a cargo de She’s The One -canción romántica por excelencia que siempre tiene como destinataria a una fan- Advertising Space -single creado en memoria de Elvis Presley- y My Way, tema dedicado a su padre y a través del cual Williams explota sus envidiables cualidades para cantar swing. Por supuesto que el final fue sellado por la joya infaltable, aquella con la que pegó la vuelta al planeta en la radio, en los canales televisivos musicales y, hoy, en las plataformas: Angels fue coreada de punta a punta por miles de voces que se hicieron una con la de Robbie y que le dieron vida a una letra que no conoce ni de tiempo ni de generaciones.
Robbie Williams conectó con los fanáticos no solo a través de la música, sino también de la palabra. Ese ser exitoso e indestructible que construyó desde adolescente mutó en alguien humano, en un hombre que alienta con su historia a los demás a superar las dificultades de la vida. Su sentida reflexión sobre el vínculo con nuestro país deja en claro que su desparpajo disfraza una profunda ternura. Ese niño que nació en Stoke-on-Trent -ciudad que, tal como relató con tono cómico, ni los propios ingleses saben ubicarla en el mapa- logró hacerse escuchar en los cinco continentes. Y, sin dudas, su arte suena con una especial intensidad en Buenos Aires.